El Mortirolo

lunes, 16 de abril de 2007

El secreto de los adoquines

Cuentan que los viejos caminos por los que transita la París - Roubaix guardan en silencio el nombre del ganador de cada edición. Las toneladas de piedra que componen las dos decenas de tramo de pavé forman parte de esta deporte casi tanto como corredores, directores u organizadores. Roubaix merece un respeto, los adoquines duermen 264 días pero cuando llega su gran momento, el de despertar y ofrecer lo mejor de ellos mismos, el ciclismo internacional gira en torno a ellos.

No es de extrañar, pues, que los adoquines pequen un poco de vanidad. Sólo brillan ese día, por lo que deben aprovechar la ocasión para dejarse ver y acumular aún más notoriedad en los libros de oro del ciclismo. Sin embargo, en esa fría piedra también se distingue un rastro de humanidad. El pavé a veces erra, otras tantas acierta. Ellos deciden el ganador de la prueba. Saben que ningún terreno ciclista puede decidir una prueba de la manera que ellos lo hacen. Unos años son justos en su dictamen y permiten que el más fuerte se lleve a casa una parte de ellos. En cambio, otras veces, castigan al que podría ser justo ganador mediante pinchazos, caídas o percances varios. En cierta manera, es el mejor modo de ganar importancia. Cuando un grande que merece ganar en el Velódromo no lo consigue, las piedras ganan en protagonismo.

En esta edición de 2007, el triunfador ha sido el australiano Stuart O´Grady, que consigue de este modo la primera victoria en el Infierno del Norte para un corredor del país oceánico. ¿Fueron justos los adoquines? Podría decirse que sí, aunque a la humilde opinión de este blogger, las piedras debieron aliarse con el danés Lars Michaelsen, compañero de equipo de O´Grady en el CSC de Bjarne Riis. Michaelsen había anunciado con anterioridad a la prueba que una vez traspasar la línea de meta en el Velódromo de la ciudad norteña, abandonaría la práctica del ciclismo profesional, emulando de este modo lo que hiciera Andrea Tafi hace dos campañas. Qué mejor manera de marcharse que hacerlo llevándose bajo el brazo un trozo del Infierno.

El danés tenía como mejor resultado en Roubaix un quinto lugar logrado en 2002. A sus 38 años no parecía que ésta fuera a ser la despedida soñada, ya que en las últimas campañas no había logrado brillar especialmente en el pavé. Sin embargo, el de CSC llevaba meses preparando esta prueba. Era su día, lo iba a dar todo y, finalmente así fue. Michaelsen logró filtrarse en la fuga buena, algo que no hicieron favoritos como Boonen, tras un fallo táctico, Cancellara, Hoste o Ballan, estos últimos por falta de fuerzas. ¿Podría vencer? Los adoquines dijeron no. Michaelsen no era el más fuerte pero sí el que más ímpetu ponía a cada pedalada. Sin embargo, primero un cambio de bici y, posteriormente, una caída le impidieron luchar por la victoria.

Bien es cierto, que los adoquines supieron respetar a O´Grady, otro que ya se merecía un triunfo de este nivel en una Gran Clásica. El australiano se filtró en la gran escapada del día, se descolgó esperando ayudar a Fabian Cancellara y, tras comprobar que el suizo no tenía su mejor día, volvió adelante como si ésto fuera lo más fácil del mundo. El australiano se deslizó plácidamente por el Carrefour de´L´Arbre, donde consiguió el hueco definitivo respecto al grupo de Juan Antonio Flecha. El español ha sido el más regular en las tres últimas ediciones: tercero, cuarto y segundo, emulando la plaza de Miguel Poblet en 1958, la mejor de un español en la historia de Roubaix. Qué bueno sería que algún día también sonrieran los adoquines a Flecha, tal y como lo hicieron ayer ante Stu.